A 10,000 metros de altura en los Andes ecuatorianos, un colectivo agrícola liderado por mujeres se enfrenta al cambio climático y la homogeneización agrícola rescatando un rico legado de papas nativas. Su historia es un poderoso caso de estudio sobre resiliencia, combinando conocimientos ancestrales con técnicas modernas de permacultura para garantizar la soberanía alimentaria y la salud comunitaria.
Con el volcán Chimborazo como telón de fondo, el Grupo de Mujeres de San Juan trabaja en una parcela alquilada en una ladera. Están recuperando variedades nativas de papa como la ShungoUn tubérculo morado llamado así por su "corazoncito" visible al abrirlo. Estas papas forman parte de una impresionante agrobiodiversidad; históricamente se cultivaban más de 4,000 tipos de papa en los Andes, pero muchos han desaparecido del cultivo moderno. Las mujeres, utilizando azadas de cabeza ancha y técnicas de surco diagonal para la gestión del agua, están decididas a recuperarlas. "Si perdemos este conocimiento para siempre, será muy difícil recuperarlo", afirma la agricultora Ana Hortensia Tacuri Socas.
El conocimiento ancestral se enfrenta a los desafíos modernos
La metodología del grupo es una combinación de sabiduría heredada y nuevos aprendizajes. Han hecho la transición hacia fertilizantes naturales, creando... orgánico (un fertilizante líquido fermentado) a través de una escuela de permacultura apoyada por CARE. Hortensia señala que, en sus propios ensayos, los métodos naturales demostraron ser más efectivos para sus variedades nativas. Este cambio también es un imperativo para la salud; observa un deterioro en la salud de la comunidad, atribuyéndolo al aumento del uso de agroquímicos, una preocupación reflejada en estudios globales que vinculan la exposición a pesticidas con enfermedades crónicas.
Sin embargo, sus esfuerzos se enfrentan a la cruda realidad del cambio climático. "A veces llueve, a veces no, y a veces las heladas lo destruyen todo", afirma Fabiola, líder del grupo. Sus estrategias de adaptación son a la vez innovadoras y tradicionales: quemar montones de basura o colocar cubos de agua en los campos para alejar las heladas en las noches frías. Esto coincide con un informe de la FAO de 2023 que destaca que los pequeños agricultores, en particular las mujeres, están en primera línea en el desarrollo de prácticas de adaptación localizadas, a menudo intensivas en conocimiento, para proteger sus cultivos de la creciente volatilidad climática.
El impacto socioagrícola: agua, mujeres y liderazgo
Los desafíos se extienden más allá del campo. El acceso a agua limpia y confiable es un obstáculo crítico, ya que la infraestructura obsoleta está perjudicando a la comunidad. Además, las mujeres están transformando la dinámica de género en la agricultura andina. Dado que los hombres suelen migrar para trabajar, mujeres como Fabiola ahora lideran reuniones comunitarias y minga (proyectos de trabajo colectivo), puestos que antes les eran inaccesibles. «Hace años, cuando era joven, las mujeres no podían hablar en público», recuerda Hortensia. «Pero ahora hay presidentas de comunidades… También se nos respeta, porque tenemos conocimientos que marcan la diferencia».
El trabajo del Grupo de Mujeres de San Juan va más allá de la agricultura de subsistencia; es un modelo holístico de resiliencia agroecológica. Demuestran que el futuro de la agricultura sostenible puede depender de la preservación del pasado, aprovechando la diversidad de cultivos ancestrales y las prácticas naturales para construir sistemas alimentarios nutritivos, resilientes al clima y controlados por la comunidad. Su éxito subraya una lección crucial para agrónomos y legisladores de todo el mundo: apoyar el conocimiento indígena y empoderar a las agricultoras no son solo objetivos sociales, sino estrategias esenciales para la adaptación agrícola y la conservación de la biodiversidad. Como dice Hortensia, su esperanza reside en la agricultura misma, un sentimiento que resuena en cualquiera que apueste por un futuro viable para la agricultura.



